La brecha cambiaria es la diferencia porcentual entre el dólar oficial (regulado y con acceso restringido) y los dólares financieros —MEP y CCL— que surgen de arbitrajes legales dentro del mercado de capitales. Aparece exclusivamente cuando existen restricciones de acceso al mercado oficial: en un régimen de libre flotación sin cepo, por definición no puede haber brecha, porque cualquier diferencia de precio sería arbitrada de inmediato entre mercados.

Desde el punto de vista de la teoría de expectativas, la brecha funciona como una medida indirecta de cuánto atraso cambiario percibe el mercado en el tipo de cambio oficial: si los agentes económicos esperan que el dólar oficial deba subir para restablecer el equilibrio externo, prefieren pagar hoy un precio más alto por dólares financieros antes que quedar expuestos a un salto discreto y potencialmente mayor del tipo de cambio administrado. En ese sentido, la brecha no solo mide un problema de oferta y demanda de divisas en el corto plazo, sino que anticipa —con la imprecisión propia de cualquier variable de expectativas— la magnitud del ajuste cambiario que el mercado considera necesario.

Existe también un componente puramente regulatorio: cuanto más estrictas son las restricciones de acceso al MULC (cupos de ahorro, restricciones a importadores, plazos de espera entre operaciones), menor es la oferta relativa de dólares en el circuito oficial, lo que empuja mecánicamente más demanda hacia los circuitos financieros y amplía la brecha, independientemente de si las expectativas de devaluación cambian o no.

Un umbral de referencia que suele usarse informalmente en el análisis de mercado es que brechas por debajo del 10% se consideran compatibles con un esquema cambiario relativamente ordenado y sin fuertes tensiones latentes, mientras que brechas por encima del 30-40% históricamente coincidieron con períodos previos a correcciones cambiarias significativas —aunque esta relación no es mecánica ni predictiva con precisión de timing—.

Un matiz relevante: la brecha no se mueve solo por lo que pasa del lado de la demanda de cobertura. También reacciona a intervenciones del BCRA en los mercados financieros (comprando o vendiendo bonos para influir directamente en el MEP o el CCL, una práctica conocida coloquialmente como intervención en la brecha), lo que introduce un elemento de política discrecional que puede desacoplar temporalmente a la brecha de sus determinantes puramente fundamentales.