Las plazas de las principales ciudades de Latinoamérica explotaron de algarabía cuando se difundió la noticia de la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro el 3 de enero. Maduro, un colectivero y líder sindical que, según la ex Secretaria de Estado de los Estados Unidos, Madeleine Albright, “posee todos los defectos y ninguna de las virtudes del líder que reemplazó” en 2013, llevó a Venezuela a experimentar la catástrofe humanitaria más grande de la historia para un país que no pasó por una guerra externa o interna, con más de 8 millones de exiliados, una caída del PBI del 80%, hiperinflación, el colapso de la producción petrolera y una pobreza extrema. Todo esto al tiempo que su régimen se volvió cada vez más represivo, con la eliminación de la prensa libre y la justicia independiente, con cientos de presos políticos y muertos en manifestaciones, y el desconocimiento de los resultados electorales, entre tantas otras violaciones a los derechos individuales y la democracia liberal. 

La alegría de los exiliados, millones en Colombia y Perú, más de 700 mil en Chile y casi 300 mil en nuestro país, está entonces más que justificada. Un personaje nefasto de la historia había caído. La pregunta ahora es cómo sigue esta historia, y cuál es el impacto para la Argentina y para el mercado de activos de la Argentina.

¿Transición democrática o negocio petrolero?

Para entender las dificultades que enfrenta Venezuela en los próximos meses, primero hay que tener en cuenta que las transiciones democráticas no son fáciles. Los regímenes autocráticos salientes tienen estructuras represivas y de negocios que no se desarman voluntariamente. O las salidas son negociadas con el régimen, o estos son derrocados irreductiblemente. 

En este sentido, hay que recordar que el régimen Venezolano no era un monolito a cargo de Maduro, sino una frágil coalición entre distintos stakeholders. Estos incluyen al PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela) y a los militares, cuyas principales cabezas son: 1) Diosdado Cabello – histórico dirigente chavista con fuerte influencia política y en inteligencia; 2) Vladimir Padrino López – general en jefe, ministro de Defensa y pieza clave del apoyo militar; 3) Delcy Rodríguez – vicepresidenta hasta el derrocamiento de Maduro y figura política con control sobre política exterior y economía; 4) Jorge Rodríguez – hermano de Delcy y presidente de la Asamblea Nacional, con rol central en propaganda y control político. 

Por ahora, la misma estructura sigue a cargo del poder en Venezuela. La pregunta es si se mantendrá intacta o sufrirá cambios. 

Segundo, hay que entender el marco bajo el que transcurre una potencial transición democrática, porque esto tiene importancia para las características del régimen que continúa, como por ejemplo su estabilidad. Siguiendo un influyente trabajo de Alfred Stepan (“Paths toward redemocratization”), existen tres grandes vías para la redemocratización de un país (estas a su vez tienen subvariantes, y muchas experiencias combinan caminos): 1) caminos ligados a la guerra y la derrota (ejemplos, algunos exitosos, otros no: Alemania, Holanda, Irak); 2) caminos iniciados por el propio régimen autoritario (por ejemplo, España, Portugal, Chile, todos combinados con la tercera vía) y 3) caminos iniciados por la oposición como la sociedad civil, pactos partidarios o una rebelión armada (por ejemplo, España y Chile en parte, con acuerdos partidarios, Costa Rica). El tipo de transición experimentada trae trade-offs importantes en temas como estabilidad del régimen versus inclusión de todos los actores políticos, orden versus cambio, y legitimidad versus eficacia. No existen caminos óptimos, pero hay elementos importantes como la relación entre fuerzas armadas y sociedad, el rol de la sociedad civil y otros que son muy importantes para el éxito de la transición. 

Está claro que, por ahora, la transición en Venezuela parece seguir el primer camino, ante la imposibilidad de la oposición de liderar una transición exitosa por sí sola. Ya Trump dejó claro que el proceso iniciado no tiene como fin entregar el poder a María Corina Machado. Dado que la oposición no tiene capacidad para controlar el aparato militar ligado al chavismo, es quizás hasta prudente no producir una transición inmediata. En síntesis, la redemocratización ocurrirá o no de acuerdo con los objetivos que tenga el gobierno de Trump y de su capacidad de imponerlos al régimen.

Esto nos lleva a la tercera dificultad: ¿cuál es el objetivo de la administración de Trump en Venezuela? ¿Es solo un negocio petrolero, o es llevar al país a una transición democrática? 

En un escenario, los intereses del gobierno norteamericano pueden ser el acceso al petróleo venezolano, limitar el alcance de las redes de narcotráfico y la migración venezolana y asentar su liderazgo geopolítico en la región, restringiendo la influencia de China y de Rusia en el Hemisferio Occidental. Esto podría darse con una continuidad del régimen actual, solo con algunas mutaciones para acceder a los requerimientos mencionados de los Estados Unidos. Podría inclusive ocurrir en el marco de una mayor apertura democrática formal, pero en la cual las posibilidades de la oposición de llegar al poder se ven limitadas por el éxito económico que obtiene el régimen al subir la producción petrolera. 

Otra posibilidad es que el gobierno de Trump realmente busque una redemocratización, pero esté ganando tiempo para ir negociando con el régimen actual. Esto, a su vez, abre dos escenarios: 1) que el régimen acepte cambios y 2) que el régimen no los acepte. En el primer caso, distintos stakeholders tendrán que ir cediendo cuotas de poder y cambiando prácticas de poder. En el segundo caso, ¿estará dispuesto el gobierno de los Estados Unidos a poner tropas en Venezuela de una manera más permanente? Esto abriría múltiples riesgos, como por ejemplo que el régimen resista mediante una guerra de guerrillas. 

En síntesis, la extracción de Maduro es solo el fin del principio del régimen autocrático de Venezuela, en el mejor de los casos. Hay mucha incertidumbre todavía sobre lo que ocurrirá en el futuro.

Un cambio positivo para la Argentina

Más allá de la incertidumbre sobre lo que viene, los cambios producidos son positivos para la Argentina. 

Muchos analistas se centraron en el potencial impacto negativo que puede tener sobre Vaca Muerta un eventual aumento de la producción petrolera de Venezuela. Este es un riesgo claro, pero hay que ponerlo en contexto. En primer lugar, aumentar la producción de petróleo en Venezuela llevará mucho tiempo incluso en el mejor de los escenarios, dada la destrucción de la infraestructura. En segundo lugar, un aumento de la producción venezolana no necesariamente resultará en una disminución del precio del crudo, ya que menores precios pueden llevar a restricciones de oferta, ya sea porque la producción de shale deja de ser competitiva en los Estados Unidos, o porque la OPEP restringe la producción. 

Los beneficios para la Argentina de los eventos recientes en Venezuela son importantes. En primer lugar, reafirman la importancia que tiene la región para la administración de Donald Trump (la llamada doctrina “Don-roe”, en lugar de “Monroe”). Es decir, los Estados Unidos van a seguir pujando para restringir la influencia de China, Rusia e Irán en la región, y para expandir la cantidad de gobiernos pro-reformas en Latinoamérica. En este contexto, la Argentina queda bien parada al ser el primer miembro importante de este club de la mano de la reorientación de política exterior del presidente Milei. En segundo lugar, la suba de bonos venezolanos refuerza la idea de que los activos de mercados emergentes (EM) tienen upside. A la buena performance del asset class en los dos últimos años se suma el potencial de retornos positivos de la mano de Venezuela, Argentina, Brasil y Colombia entre otros durante 2026. Esto permitirá a los fondos dedicados a EM atraer capital, y a los fondos “cross-over” a dedicar más fondos a EM. En ambos casos, esto puede llevar a un aumento de los activos dedicados a invertir en nuestro país.  

En síntesis, hay mucho para festejar con la salida de Maduro. Faltan muchas definiciones en un proceso que pinta para largo, pero que a priori beneficia a la Argentina.